Después de cederle la casa a mi hijo, él y su esposa me llevaron al sótano, un lugar húmedo y frío. Durante tres meses, viví en un catre, comiendo sus sobras, sintiendo cómo se desvanecía mi esperanza. Me trataron como a una prisionera en mi propia casa. Creían haber ganado. Ignoraban el secreto que me dejó mi difunto esposo: un sobre polvoriento con cinco palabras escritas: «Ábrelo cuando todo esté perdido».
El día que mi hijo me llevó al sótano, me di cuenta de que el amor puede morir en silencio, bajo el mismo techo donde […]